Manifiesto alianza “Incineradora de Valdemingomez NO”

En el año 2020 vence el actual contrato, entre el Ayuntamiento de Madrid y la empresa Urbaser, para la gestión de la planta de Las Lomas en Valdemingómez, donde se encuentra la Incineradora.

El Ayuntamiento está elaborando un plan de residuos para los próximos diez años. Ello en el marco de las obligaciones establecidas en la Unión Europea y la Comunidad de Madrid. Este es el momento de exigir la puesta en marcha de un plan de residuos que haga innecesaria la planta de incineración. En caso de mantenerse la incineradora podría suponer la renovación del contrato, por otros 25 años más.

La incineración de residuos, incluso cuando es para su valorización energética, supone el desperdicio de ingentes cantidades de materiales aprovechables. La incineradora el año 2015 quemó 258.605 Tm de residuos. De ellos aproximadamente un 32,6% era papel impreso, un 24,5% materia orgánica compostable1, un 16,7% materiales plásticos, un 5,8% materiales textiles y un 4,8% madera (datos del año 2006 contenidos en la solicitud de Autorización Ambiental Integrada concedida el 27 de agosto de 2008). Si se separan convenientemente en su proceso de recogida, estos materiales tienen otros aprovechamientos. La energía eléctrica producida no compensa la energía necesaria para producir los materiales destruidos.

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Ultima llamada. Manifiesto

Esto es más que una crisis económica y de régimen: es una crisis de civilización

ultima-llamada-v0-2-640x927Los ciudadanos y ciudadanas europeos, en su gran mayoría, asumen la idea de que la sociedad de consumo actual puede “mejorar” hacia el futuro (y que debería hacerlo). Mientras tanto, buena parte de los habitantes del planeta esperan ir acercándose a nuestros niveles de bienestar material. Sin embargo, el nivel de producción y consumo se ha conseguido a costa de agotar los recursos naturales y energéticos, y romper los equilibrios ecológicos de la Tierra.

Nada de esto es nuevo. Las investigadoras y los científicos más lúcidos llevan dándonos fundadas señales de alarma desde principios de los años setenta del siglo XX: de proseguir con las tendencias de crecimiento vigentes (económico, demográfico, en el uso de recursos, generación de contaminantes e incremento de desigualdades) el resultado más probable para el siglo XXI es un colapso civilizatorio.

Hoy se acumulan las noticias que indican que la vía del crecimiento es ya un genocidio a cámara lenta. El declive en la disponibilidad de energía barata, los escenarios catastróficos del cambio climático y las tensiones geopolíticas por los recursos muestran que las tendencias de progreso del pasado se están quebrando.

Frente a este desafío no bastan los mantras cosméticos del desarrollo sostenible, ni la mera apuesta por tecnologías ecoeficientes, ni una supuesta “economía verde” que encubre la mercantilización generalizada de bienes naturales y servicios ecosistémicos. Las soluciones tecnológicas, tanto a la crisis ambiental como al declive energético, son insuficientes. Además, la crisis ecológica no es un tema parcial sino que determina todos los aspectos de la sociedad: alimentación, transporte, industria, urbanización, conflictos bélicos… Se trata, en definitiva, de la base de nuestra economía y de nuestras vidas.

Estamos atrapados en la dinámica perversa de una civilización que si no crece no funciona, y si crece destruye las bases naturales que la hacen posible. Nuestra cultura, tecnólatra y mercadólatra, olvida que somos, de raíz, dependientes de los ecosistemas e interdependientes.

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